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nytimesinternationalweekly - 11/10/19 - 12:00 PM

Migrantes se arriesgan en la frontera ante restricciones

En los últimos 18 meses, muchos de los migrantes que han cruzado han buscado a agentes de la Patrulla Fronteriza para solicitar asilo.

En el último año, el número de migrantes hallados escondidos en tractocamiones aumentó un 40 por ciento. Foto/ Lynsey Addario para The New York Times.
  • Caitlin Dickerson

MATAMOROS — Al mirar al otro lado del Río Bravo, separados de Brownsville, Texas, por sólo unos 30 metros de corriente de agua, Ana Galeano Valdez se disuadió a sí misma de tomar una decisión arriesgada, algo que ha hecho varias veces en las semanas que lleva viviendo en una tienda de campaña en una de las ciudades más peligrosas de México.

Cuando estoy tan cerca y puedo verlo, me siento tentada a pensar que simplemente puedo nadar de nuevo al otro lado, ¿pero para qué?, dijo.

Recientemente, una madre de 26 años y su pequeño hijo se ahogaron al cruzar el río desde Matamoros —el segundo padre de familia que muere allí con un hijo desde junio.

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Cuando Galeano Valdez, quien tiene seis meses de embarazo, cruzó por primera vez, el agua entró a su balsa hasta llegarle al pecho. Alcanzó a llegar al otro lado, pero fue enviada de regreso a México por autoridades migratorias de Estados Unidos.

Miles de migrantes centroamericanos han estado hacinados en ciudades fronterizas mexicanas como Matamoros durante meses, impedidos de buscar asilo en EU. En algunos lugares enfrentan peligros comparables con lo que provocó que muchos huyeran de sus países en primer lugar, como secuestros, asesinatos y agresiones sexuales, de acuerdo con una advertencia de viaje del Departamento de Estado.

Sus posibilidades de obtener acceso eran de escasas a casi imposibles el mes pasado, cuando la Suprema Corte de EU ratificó una nueva regulación que requiere que los migrantes que pasaron por otros países para llegar a EU demuestren que ya se les ha negado asilo a lo largo del camino antes de que puedan solicitar refugio en la frontera.

Algunos se han dado por vencidos, aceptando el transporte gratuito ofrecido por el Gobierno estadounidense y Naciones Unidas de vuelta a sus hogares en Centroamérica. Pero muchos otros en Matamoros dijeron que la desesperación los había llevado a considerar los cruces fronterizos traicioneros y potencialmente mortales, al aventurarse por el río, abordar cajas de tráiler calientes y selladas conducidas por traficantes de humanos (o polleros), o ambas cosas.

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En los últimos 18 meses, muchos de los migrantes que han cruzado han buscado a agentes de la Patrulla Fronteriza para solicitar asilo. Las nuevas políticas de la Administración Trump han jugado un papel para reducir de manera considerable las cifras, pero también parecen estar llevando a la gente a ocultarse aún más.

La cifra de migrantes atrapados dentro de cajas de tráiler a lo largo de la frontera ha aumentado 40 por ciento este año, informó la Patrulla Fronteriza.

Galeano Valdez es una de unos 600 migrantes que han estado viviendo en tiendas de campaña donadas, desde donde se puede ver el Sur de Texas. Sus hogares temporales están diseminados por una plaza de concreto que está llena de basura y, en algunos puntos, con desechos humanos. Sólo un puñado de sanitarios portátiles, plagados de moscas, han sido proporcionados por el Gobierno mexicano.

Ya no puedo soportar estar aquí en México, dijo Galenao Valdez. Ella viajó desde El Salvador, donde dijo que vivía con temor a la violencia y donde no había podido encontrar empleo en seis años.

Había esperado establecerse en EU y que luego se le unieran sus otros cuatro hijos, pero su optimismo se estaba desvaneciendo.

Siento que ya me estoy volviendo loca aquí, expresó.

Marisela Arely Ulloa Zelaya lloraba mientras le echaba aire a su hijo de 7 años, Carlos, que yacía en su tienda de campaña.

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El apetito del niño había comenzado a disminuir cuando la familia fue detenida en Texas por funcionarios de inmigración estadounidenses el 1 de agosto, dijo Ulloa Zelaya. Cinco días después, fueron liberados y les dijeron que regresaran el 6 de octubre.

Su situación se volvió más grave cuando Carlos comenzó a vomitar y tener diarrea. Un farmacéutico sugirió que llevaran a Carlos a un hospital, pero la familia no podía pagar el tratamiento. Regresaron al campamento con medicamento para el dolor y Pedialyte.

Esa noche, Glady Cañas Aguilar, una trabajadora social mexicana, se abrió paso por el grupo, tratando de disuadir a una persona tras otra de tomar decisiones peligrosas.

Es una cuestión de estrés, de desesperación, porque no es agradable estar aquí, dijo, se vuelven frustrados, agitados, desconfiados. Éstos son los sentimientos del momento que están viviendo.