nytimesinternationalweekly - 07/11/2019 - 12:00 PM

¿Cuál es el mejor lugar para gozar de la vista en NY?

El primer rascacielos superalto de Nueva York es el edificio Empire State, que acaba de destinar 165 millones de dólares y cuatro años para renovar meticulosamente la experiencia de los espectadores, de un piso 86 y 102.

Renovación de 165 millones de dólares del edificio Empire State añadió vistas nuevas junto con contexto histórico. Foto/ Mark Wickens para The New York Times.
  • James S. Russell

¿Cómo tomar la medida a una ciudad de Nueva York con más transformaciones físicas que en cualquier otro momento desde los 20?

Nunca ha habido un mejor momento para darle un nuevo vistazo a la ciudad, y uno de los mejores lugares para gozar de la vista es el primer rascacielos superalto de Nueva York: el edificio Empire State, que acaba de destinar 165 millones de dólares y cuatro años a renovar meticulosamente la experiencia de llegar a —y apreciar— las vistas desde sus dos miradores en los pisos 86 y 102.

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Esta es la tercera fase de un replanteamiento de lo que sus diseñadores llaman “la experiencia del mirador”. Empire State Realty Trust, propietario del edificio, ha creado una nueva entrada, y una exposición de 900 metros cuadrados que no sólo fascina (puede uno echarle un vistazo a un King Kong animado de forma realista irrumpiendo en el edificio) sino que también reduce las filas a un punto de inspección de seguridad. El ascenso dura 55 segundos al mirador del piso 86, que ha sido renovado. Y luego está el trayecto en elevador de cristal al piso 102, a 373 metros de altura.

Empire State Realty Trust —que deriva 132 millones de dólares al año de los 4 millones de visitantes a los miradores— contrató a Thinc Design (que concibió las exposiciones para el Monumento y Museo del 11 de Septiembre), cuya estrategia fue hacer eco de las expectativas que la gente “le ha asignado al edificio en sus corazones y mentes”, dijo Anthony E. Malkin, presidente y director ejecutivo de Realty Trust.

Un modelo a escala del edificio, de 7 metros de altura, se ofrece como telón fotográfico al tiempo que los visitantes suben por una escalera de acero inoxidable a la exposición de 900 metros cuadrados sobre la historia del edificio y su significado en la cultura popular.

En un espacio grande, una combinación de películas de acción en vivo y animación por computadora cobra vida en las cuatro paredes con el ajetreo de vigas de acero que grúas no vistas hacen girar en el espacio y trabajadores que remachan columnas con la ciudad extendiéndose a sus pies y más allá.

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Hay otras exposiciones que intrigan, entre ellas una sobre los elevadores, una galería de celebridades y la inevitable inclusión de King Kong mientras se defiende de aviones molestos (lo que hizo en la primera aparición del Edificio Empire State en una película, en 1933).

La construcción original del rascacielos inició en marzo de 1930, apenas meses después del colapso del mercado bursátil y al tiempo que se afianzaba la Gran Depresión. El edificio de 41 millones de dólares fue erigido a una velocidad vertiginosa y fue inaugurado menos de 14 meses después, el 1 de mayo de 1931.

En una colección de ensayos, F. Scott Fitzgerald observó: “De las ruinas (del desplome de la Bolsa de Valores), solitario e inexplicable como la esfinge, se levanta el Edificio Empire State”.

La terraza al aire libre que visita la mayoría de la gente, que rodea al piso 86, ha sido poco alterada desde esos primeros años. Mirar a la ciudad desde ahí hoy deja al descubierto ecos extraños de la época en que se construyó el edificio.

En una fotografía del día de su inauguración en 1931, las calles en cuadrícula se extienden casi de forma plana al sur del extremo de Manhattan, donde se yergue el distrito financiero cual Oz, coronado por puntiagudas torres de los 20.

Probablemente no parecía tan diferente a la vista que los turistas pueden apreciar ahora —al mirar al norte al auge de los condominios súper altos y las delgadas torres de la Calle de los Multimillonarios que rebanan la vista de Parque Central.

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Hubo un tiempo en que los arquitectos tomaban en cuenta el impacto que tenían los edificios en el horizonte como una especie de confianza sagrada —un símbolo de la energía, elegancia y confianza de la ciudad, una aportación a su identidad. ¿Pensamos lo suficientemente en cómo dará la talla el horizonte dentro de 100 años?

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