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Opinión - 26/1/19 - 12:00 AM

La magia panameña

...los peregrinos nos obligaron a amarles, por sus actos, por sus sonrisas y bailes, por la limpieza de las playas capitalinas, que nos obliga a pensar cómo repetimos el ejercicio autóctonamente con Scouts, escuelas, voluntarios, para que el ciudadano se sienta orgulloso y complacido en un ambiente libre de las inmundicias a las que se ha acostumbrado.

Gracias, peregrinos, por las sonrisas, por impregnarnos la valía de la humildad y el poder del amor. Foto: Víctor Arosemena/Epasa.

"No teníamos idea de que este paraíso existía", nos relata un azaroso peregrino francés.

Acostumbrados a cruzar la costa Mediterránea hacia la costa norte de África, mochilas a espaldas, la extensión de la amplia Europa desde Portugal hasta Grecia, estos soldados de Cristo, jóvenes exploradores del mundo han reencontrado el secreto que Ferdinand de Lesseps descubriese hace poco menos de un siglo y medio, sin la fiebre amarilla y con un despliegue jamás visto de cultura, cariño y carimañolas.

Siempre le tuve bien claro, desde que a través de iniciativa propia e intercambio de contactos con el Merlin de nuestros embajadores, el ingeniero Henry Faarup, dicté mi primera conferencia en la lengua de Moliere, allá en La Maison de l'Amerique Latine del elegante Boulevard Saint Germain de París en el 2010.

Hasta me tocó liquidar el brindis, granito de arena en pro del desarrollo del turismo istmeño, posterior a la conferencia titulada "Pourquoi le Panama".

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Allí noté la efervescencia, el hechizo que enamora a las masas de la capital del turismo mundial que ronda los 40 millones de visitantes anuales, porque la gente que más sabe del tema es la que más aprecia sus virtudes.

Las últimas dos semanas han logrado más por germinar semillas en el futuro turismo istmeño que todos los experimentos del siglo.

La organización por parte de la Iglesia católica, seáis fieles o no, ha sido milagrosa, no solo por la multiplicación de los panes de la masiva cruzada, sino porque los peregrinos nos obligaron a amarles, por sus actos, por sus sonrisas y bailes, por la limpieza de las playas capitalinas, que nos obliga a pensar cómo repetimos el ejercicio autóctonamente con Scouts, escuelas, voluntarios, para que el ciudadano se sienta orgulloso y complacido en un ambiente libre de las inmundicias a las que se ha acostumbrado.

Y así, mejorando la experiencia, reconstruyendo nuestros sitios históricos para que los visitantes puedan transitar a pie, en bicicleta o a caballo, la extensión del Camino Real desde Panamá La Vieja hasta Portobelo, esa Ruta del Oro donde deambuló, a espaldas de mulas, la mayor cantidad del preciado metal en la historia universal, tornarían la vivencia istmeña en algo mágico que solamente se puede disfrutar aquí.

Entonces, nos toca, con la inspiración de lo vivido, tomar las riendas para de una vez por todas hacer un cambio dinámico y harto productivo en el lienzo del turismo nacional.

Basta ya de ejercicios estériles por jugadores de tercera.

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Gracias, papa Francisco, por el melódico tango, cual flautista de Hamelin, logrando armonía en esta Torre de Babel.

Gracias, peregrinos, por las sonrisas, por impregnarnos la valía de la humildad y el poder del amor.

Por hacernos palpar la seducción que sí se puede.

Que con cariño se puede transformar la vivencia de algo tan sencillo como raspar el hielo, añadir sirope y agraciar de leche condensada ese refresco nuestro, en una memoria que por siempre atesora el alma del visitante.

La magia está aquí, solo nos hace falta el libreto.

Líder empresarial.