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Opinión - 08/12/18 - 12:00 AM

El florecer del turismo verde

Si no conocen las intimidades del Istmo, si no han buceado en el Parque Nacional Coiba, ni husmeado Calovébora en el Caribe, ni escalado el cerro Pechito Parao en la selva darienita desde cuya cima Balboa ojea por vez primera el vasto Mar del Sur, no merecen el diploma.

En Panamá desconocemos el paraíso que nos rodea. El turista puede gozar de un mundo que ya no existe.

 

Como un tren bala el Homo sapiens destruye su medioambiente.

Un estudio generado el miércoles por Global Carbon Project, grupo que aglutina más de un centenar de científicos alrededor del mundo, refleja que las emisiones de dióxido de carbono durante el año en curso se han incrementado 2.7%.

Ello, en adición al agregado del 1.6% el año pasado, nos lleva a una triste marca, jamás vista, durante los últimos tres años.

Parte de la culpa la tiene el insaciable aumento mundial en la venta de autos nuevos.

Manejamos más y circulamos mayores distancias.

Ello sin duda es evidente en el fomento de tranques localmente donde al alba se inicia el éxodo desde cerro Campana al oeste y Cañita al este hacia la ciudad capital, no solamente afectando el medioambiente, sino también la calidad de vida y psiquis del panameño.

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Durante mi infancia, cuando estaba de moda "Coronado es vida" y más que de rigor resultaba refrescante la visita al balneario, veraneábamos en la finca La Garita, decimonono latifundio familiar en Chepo.

Sin querer queriendo, durante esos intervalos aprendí a apreciar y amar profundamente aquella intensa inmersión en la naturaleza.

Si la cosa es así aquí, imagínense cómo es allá, en las cárceles de concreto en que se han convertido las grandes ciudades del mundo, donde abunda el grafiti, insalubre agua y el voraz apetito por drogas de cualquier índole, complementando el mayor índice de suicidios en la historia y la aparente interminable bestial balacera en tierras del Tío Sam.

Por ello es cada vez mayor la curiosidad del turista en conocer, intimar y experimentar ese Chepo, ya no existente, del siglo pasado.

Porque allende no se ven hormigas, las exterminaron con DDT y múltiples materias tóxicas que nos llevan a los índices más elevados de cáncer.

También en Panamá desconocemos el paraíso que nos rodea.

Me enfada al consultar durante mis conferencias a graduandos de licenciaturas en turismo de nuestras universidades, cuántos conocen el Darién.

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Unas tímidas manitos se elevan, a lo cual riposto que turismo no es el Casco Antiguo ni Panamá Viejo.

Si no conocen las intimidades del Istmo, si no han buceado en el Parque Nacional Coiba, ni husmeado Calovébora en el Caribe, ni escalado el cerro Pechito Parao en la selva darienita desde cuya cima Balboa ojea por vez primera el vasto Mar del Sur, no merecen el diploma.

"Es que es muy caro" no es respuesta satisfactoria. ¡En realidad todos, no solamente los estudiantes de turismo, debiésemos titilar la inmensa belleza del verdor istmeño!

Las oportunidades en este rubro se presentan a flor de piel.

La creciente ola de 3 asesinatos aislados de jóvenes norteamericanas en Costa Rica.

Panamá desde hace algún tiempo, fomenta la inversión en reforestación que es algo positivo, pero sin mayores desvelos porque este tipo de proyectos son rentables a largo plazo.

¿Qué si en lugar de reforestar creamos parques verdes, sitios de esparcimiento donde nuestros visitantes puedan escuchar la sinfonía selvática al anochecer?

Donde el turista pueda gozar de una experiencia natural en un mundo donde eso ya no existe.

Entonces, reforestamos y creamos fuentes de ingresos desde ya, no a veinte años. ¡Da lástima, tanto que hacer y tan poco coco para explotarle!

Líder empresarial.