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Opinión - 18/5/19 - 12:00 AM

Amores primigenios

Gozo, no obstante, la dicha de compartir a diario la sonrisa, desvelo y preocupaciones de ese primer amor, que aun en la fragilidad de sus 94 abriles, transmite incondicional, vivaz y espontánea ternura.

 

Frisaba los siete veranos, un deleitable domingo a inicios de la década de los sesenta del siglo pasado, al susurrar de la fresca brisa bajo frondosos árboles del barrio de Bella Vista en la capital istmeña, cuando solicité una audiencia en privado con mi madre Mercedes en nuestra residencia de Avenida Cuba.

Escudriñando la entereza en mi mirada, mi padre alejando la vista del periódico, apostó bien el papel de atolondrado, compartiendo un guiño con su pareja, para mí desapercibido, al retirarse de la alcoba.

No existía aún la televisión en Panamá, sino hasta unas semanas después cuando RPC saldría, al aire el 4 de marzo de 1960.

Mentiras, si estaba al aire desde 1956 SCN, Southern Command Network, la emisora televisiva de los gringos de la Zona del Canal.

Teníamos una consola marca Zenith de 21 pulgadas, donde me deleitaba ojeando las cómicas de Popeye, los sábados en las mañanas, pero nada más, contrabandeada del comisariato de Balboa gracias a mi diligente tía Evelina, casada con Jimmy Hicks, por ende, residente legal con papeles, derechos y todo.

Eran otros tiempos, la gente frecuentaba las salas de cine apostadas a lo largo de la ciudad.

No había control remoto, ni la necesidad del aparatico, simplemente se encendía el televisor, ya preestablecido el canal 8, que era el único, y posteriormente se apagaba.

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Ese día, había estado en la matinée (del francés matin: función mañanera) del Teatro Bella Vista.

En punto a las diez de la mañana se iniciaba la película al módico precio de veinticinco centavos.

Allí concurría la muchachada del barrio, no sin antes retirar las palomitas de maíz y la gaseosa de su predilección en la contigua refresquería a quince centavos, o una bolsita repleta del fruto que vendía el señor Mamonés, a un real, en la esquina frente a la sala.

El filme titulado Charla de Almohadas, seguramente ganó uno a varios Oscares.

Era una traviesa comedia presentando a Doris Day y Rock Hudson.

Le había visto antes a la Doris, pero en esta ocasión causó un tajante efecto en mi inocente persona.

Su sonrisa Colgate y fulgurantes ojos azules me hechizaron.

Al confiarle a mi madre, que mi corazoncito de siete años abrigaba un nuevo amor, cuando Mercedes había sido hasta ese momento el monopolio de mi regazo, sonrió.

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¡Quién sabe en qué habría estado pensando previa mi confesión sobre el motivo de mi súbita solicitud de audiencia!

El episodio exhuma en la memoria porque mi venerada Doris Day, bautizada Doris Mary Kappelhoff, nos sopló un hasta luego el lunes pasado.

Una larga lista de afectos, reales e imaginados, han invadido la tranquilidad del refugio de mi alma durante el andar de la vida, acelerando el palpitar del corazón y consagrando sentido al tedio del diario bregar.

Gozo, no obstante, la dicha de compartir a diario la sonrisa, desvelo y preocupaciones de ese primer amor, que aun en la fragilidad de sus 94 abriles, transmite incondicional, vivaz y espontánea ternura.

El amor de una buena madre es un obsequio que endulza y evapora los sinsabores más amargos de la existencia. Las cotidianas ocurrencias de Doña Mercedes invitan a reflexionar sobre los verdaderos valores de la vida.

Por ello, por sus enseñanzas y ejemplo, porque las costumbres se aprenden en casa desde tierna infancia, sin importar el abolengo o la casta, afablemente saludamos a todos.

No nos queda de otra.

La vida pende de un frágil hilo, hoy somos, mañana pernoctamos en la memoria de los que nos siguen.

Nada nos cuesta la amabilidad, camaradería y genuino interés por los demás.

Yace allí la diferencia entre ser y estar. ¡Gracias Doña Mercedes!