Opinión - 04/12/18 - 12:00 AM

Hasta luego, amigo periodista

Nunca en mi vida pensé ver a un amigo acechado por la muerte. Un dolor muy grande me invadía, mientras pensaba qué podía hacer para despedirlo como él se lo merecía. Seguro estoy de que no morirás en nuestro corazón.

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Miguel Ángel Sánchez | [email protected] |

E l día de su muerte, nadie  estaba preparado para despedirlo.

No era un periodista más. 

De eso estoy seguro.

Tampoco pensábamos que se iría tan pronto.

Todos teníamos fe.

Solo faltaban alrededor de ocho horas para que falleciera.

Obviamente, nadie lo sabía.

Eran aproximadamente las 6:00 p.m. del 30 de noviembre.

Fui a verlo, en compañía de un amigo.

Cuando llegamos, pude ver que sufría demasiado.

Creo que él tampoco esperaba su infortunio desenlace.

La enfermedad lo embistió sin darse cuenta.

Solo Dios sabe desde cuándo estaba enfermo.

Tenía un viaje previsto y preparado a México.

Le gustaba viajar y conocer otros países.

Creo que Cuba era su favorito.

Lo visitó varias veces, al igual que yo.

Era un bohemio absoluto, muy alegre y cordial.

Convalecía en ese hospital, donde nada es seguro, solo la muerte y yo estaba allí.

Le di mi voz de aliento a seguir. ¿Qué pasó, Papi? 

Le dije. Sin esperar respuesta a cambio.

Me miraba y agonizaba. Repentinamente, dijo algo que no entendí.

Quizás, fue un hasta luego.

Me miraba y pedía agua a su hermana.

Gracias, Miguel, al fin entendí que me decía.

No sé si fue una despedida.

Solo sé que él sabía que yo estaba ahí.

Algunos minutos del final de su expuesta y apresurada  existencia los dedicó a mirarme.

Miraba para todas partes.

Esa acción me decía mucho.

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Lo sé. Nunca en mi vida pensé ver a un amigo acechado por la muerte.

Cuando me dijeron que estaba enfermo, no pensé verlo tan mal.

Con tristeza evidente me miraba a los ojos.

La enfermedad no le daba tregua.

Azotaba sus órganos y los destruía.

Antes de eso, todos los periodistas sabían de su convalecencia.

Unos buscábamos a Dios para pedir por él.

Otros, apostaban a la ciencia y la medicina.

Al regresar a mi casa, solo pensaba en mi amigo Christian.

Muy temprano en la mañana, como todos los días, pido a Dios que me perdone, que me ayude y doy gracias por lo que ha hecho por mí y por los míos.

Ese día, le pedí por él.

Pero ya había muerto.

Me dicen que fue a eso de las 3:00 a.m.

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Es de esperase que la noticia llegara al fondo de mi alma.

Pues, así fue.

Un dolor muy grande me invadía, mientras pensaba qué podía hacer para despedirlo como él se lo merecía.

Muchos grupos y organizaciones de periodistas, incluyendo la mía, nos preparamos para despedir su cuerpo, según lo que la tradición nos dice.

Viene el funeral. Él era dirigente, sí. Tenía carisma, sí.

Tenía actitud positiva, sí. Defectos y virtudes, también, al igual que cualquier otra persona.

Sin embargo, tenía algo que otros quizás no tenemos, afecto y empatía.

Muchos dicen que toda persona después de muerta es buena.

Christian antes de morir era buena persona. Eso lo sé.

Como es de costumbre, en toda comunidad rural, las despedidas a sus difuntos son inigualables.

Llegué a eso de las 5:00 p.m. a la casa donde vivía y ya estaba la multitud.

Vecinos, amigos y quién sabe cuántos, velaban su cuerpo el mismo día de su muerte.

Acompañado de otros colegas del gremio, llegamos a su terruño.

Dios sabe cuánto lo querían.

Yo sé cuánto lo quería.

Eso lo demostré a mis amigos cuando la ironía llegó a mis manos.

Una resolución de la empresa periodística donde él laboraba como "freelance", consideraba que Christian Pérez era uno de sus corresponsales.

No podía creer lo que leía. En ese documento lo premiaban dándole esa categoría.

Después de muerto, sí era un corresponsal.

Sin embargo, nunca tuvo derecho a vacaciones, a un salario digno ni mucho menos a prestaciones laborales.

Llegó diciembre y con él, su sepelio.

Católicos, evangélicos, adventistas y todo tipo de creyentes nos congregamos en lo que era su residencia ubicada en Bocalatun- Chiriquí.

Los rostros de las personas y familiares, aunque mostraban amabilidad, también evidenciaban conmoción.

Cada compañero periodista tenía una rosa en la mano, en espera de que culminara la misa para hacerle una calle de honor hasta llegar al carro fúnebre.

El féretro levantado por familiares y amigos se balanceaba.

Todos los periodistas que estábamos parados en la calle de honor llorábamos y nos consolábamos unos a otros.

Alguien dijo "el cementerio está muy lejos para ir caminando".

Era cierto.

Algunos kilómetros de distancia recorrimos para llegar al campo santo, donde colocamos una rosa encima de la bóveda y le dimos el último adiós al amigo periodista Christian Omar Pérez Rivera.

Seguro estoy de que no morirás en nuestro corazón.

Te recordaremos siempre.

Periodista.