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Opinión - 29/9/99 - 11:00 PM

El milagro del padre Gallego

La Iglesia Católica de Panamá ha anunciado su intención de solicitar la canonización del padre Héctor Gallego, quien ofrendó su vida trabajando con los más pobres en las agrestes montañas de Veraguas. Pieza fundamental de la iniciativa es su obra y vida ejemplares. La región en la que trabajó sus últimos años figuraba antes de su desaparición (1971), entre las más pobres, aquejada por una desnutrición y analfabetismo endémicos.
Gallego llegó entonces para llevar no sólo el mensaje de la purificación del alma, sino para predicar también sobre la reivindicación social del campesinado y su liberación de la miseria en todas sus facetas, a través del trabajo solidario, tal cual enseña el Evangelio tras la figura de un Jesús laborando en equipo con sus apóstoles, compartiendo con ellos tanto el pan como la palabra.
El padre Gallego llevó de ese modo a los más humildes el evangelio cooperativo, en el concepto del trabajo organizado, duro y honrado, que hace a los pobres menos pobres y con el tiempo, - por qué no -, más ricos en materia y espíritu. Fundó para ello la Cooperativa Juan XXIII, que hoy es una empresa próspera, que enlaza cada uno de los eslabones de la producción hasta el consumo, con sistemas de crédito, mercadeo, empaque, comercialización y transporte. Ojalá hubiera otras igual, pues así tendríamos un agro más productivo, competitivo y próspero.
Ese quizás fue su primer milagro, cuyo éxito no pudo disfrutar, por haber sido desaparecido por el régimen militar de Omar Torrijos Herrera. El trabajo cooperativo y la organización de una liga campesina, presta a defender sus derechos y a velar por sus intereses, le ganó la animadversión de gamonales locales, lo que anticipó su desaparición.
Pero ese no fue su único milagro. También está el hecho de que hoy, tras casi 30 años de su desaparición y sacrificio, resurjan su mensaje y su ejemplo, bajo toneladas de tierra y olvido, con más fuerza y vigencia que nunca, a través del hallazgo de unos restos mortales que pueden no ser los suyos, - no importa -, con tal que a las puertas de concluir el milenio, nos haga rescatar del olvido a nuestros muertos, a aquellos que igual que él, alzaron su frente digna ante la dictadura y ofrendaron su sangre noble para lavar el pecado original de la injusticia social y el crimen. Ese es el último milagro que el padre Gallego nos lega para el siglo venidero.