Opinión - 02/2/19 - 12:00 AM

Viene el cuco

...también significa, que fruto de lo acaecido, finalmente caerá el maná de los cielos y se presentarán multitudes de ansiados turistas deseosos de conocer el relato de los peregrinos y al igual que los templos del Casco, nos corresponde remozar nuestro abandonado patrimonio para presentar un escenario digno de lo que fuimos, somos y permaneceremos

Luego de la Jornada Mundial de la Juventud, los turistas que vengan al país querrán conocer los pormenores de la estancia de los visitantes, una buena oportunidad para promocionar la ciudadela de Panamá la Vieja,
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Jaime Figueroa Navarro | [email protected] |

Muchos de nuestros lectores, sobremanera los más jóvenes, tal vez no han escuchado el relato del cuco que solían contarnos de niños.

Se trataba de una historieta con la que nos asustaban para el logro de un objetivo, para que se cumpliera la voluntad del adulto, típicamente nuestra madre, que nos coartaba para que nos tomáramos la sopa, nos cepilláramos los dientes, o simplemente que hiciésemos caso.

Asimismo, llegó la Jornada Mundial de la Juventud a Panamá.

Todos ascendimos sobre el escenario, coartados por una eufórica muchachada proveniente de todos los confines del globo, plena de alegría y bondad, al unísono serpenteando sus diversas banderas, capitaneada por un sencillísimo Pancho que arrebató por igual los corazones de fieles e infieles, un papa genuinamente simpático, un aguinaldo para el alma con un mensaje de amor en tiempos de zozobra.

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Y, con la excepción del mozuelo que optó por hurtarle a un peregrino, a pesar de las claras advertencias por parte de las autoridades, nos portamos bien, lo hicimos espléndido, jugamos el papel de anfitriones en medio de una bien orquestada comedia gracias a la organización del Vaticano, a quien no se le pasó un solo detallito.

Fue, tal vez, una muy necesaria tregua en nuestro haber o no haber político, en nuestro diario tranque con el ojo abierto al retrovisor para ojear al juegavivo que sobrepasa el borde de la carretera sinvergüenza, que no nos permite de una vez por todas acelerar de un tercermundismo hacia lo que merece la bendecida nación panameña.

Aplausos, olés y más olés a los que, a pesar de malintencionadas, envidiosas críticas, tomaron la batuta en el renacimiento de las abandonadas iglesias del Casco Antiguo, porque ellas, más allá de símbolos de catolicismo, son como Balboa y Urracá, piezas firmes de nuestra historia, templos del recuerdo que merecen la permanente adulación de propios y extraños.

"Viene el cuco" también significa, que fruto de lo acaecido, finalmente caerá el maná de los cielos y se presentarán multitudes de ansiados turistas deseosos de conocer el relato de los peregrinos y al igual que los templos del Casco, nos corresponde remozar nuestro abandonado patrimonio para presentar un escenario digno de lo que fuimos, somos y permaneceremos, la resplandeciente joya de la leyenda de los fenicios del siglo XXI.

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Adoptando el exitoso programa de Pueblos Mágicos de la Secretaría de Turismo de México sobre el lienzo istmeño, una Autoridad de Turismo finalmente hacedora y no fofa, reconstruye, habilita, da en pie el renacimiento de la ciudadela de Panamá la Vieja, para que sirva de complemento al Casco Antiguo como potentísimo imán al turismo, para que el visitante pueda olfatear, sentir, palpitar el vivir colonial de la primera urbe del Pacífico de las Américas, perfeccionada con un galeón restaurante atendido por gentiles maestresalas con ropajes de la época.

Y no nos quedemos allí, continuemos el hacer de nuestro rescate trazando el Camino Real desde el Puente del Rey hasta Portobelo para que el visitante pueda peregrinar a pie o en bicicleta la Ruta del Oro, donde circuló la mayor cantidad del preciado metal en la historia. Igual suerte y trazado deben gozar las ruinas de fuerte San Lorenzo, Portobelo, San Pedro de Taboga y Natá de los Caballeros.

Cada reconstrucción conlleva el beneplácito de turistas deseosos de conocer la realidad de nuestra leyenda.

En la búsqueda de originales sitios para completar el Disney tropical, la escalada del cerro Pechito Parao en la darienita serranía del Majé, donde Balboa escudriña por vez primera el Mar del Sur, sería el fantástico intimar con la naturaleza que le pone la cereza al pastel a la expedición de atónitos visitantes a quienes se les pasa el Cuco y nos sirven como los óptimos embajadores para nuevas aventuras.

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