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Opinión - 08/6/19 - 12:00 AM

Turismo de bienestar

Al ritmo que la población envejece, los costos de salud y medicamentos deambulan por los cielos, un consumidor educado busca desesperadamente el escape de esa olla de presión en que se ha convertido el primer mundo

Poco explotado y cada vez más popular en un mundo aquejado por el estrés del diario bregar, goza el istmo de todos los elementos ideales para fraguar soluciones ideales al viajero del siglo XXI en búsqueda de lucideces saludables para purificar su calidad de vida.

Tradicionalmente se asociaba esta modalidad con estancias en un spa, pero en realidad se extiende mucho más allá, arraigando como elementos fundamentales opciones de alimentos saludables, actividades físicas y un retorno a la naturaleza.

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Con la prevalencia de comidas chatarras en un supermercado pleno de químicos que desmantela la esencia de nuestros cuerpos y perjudica nuestra salud y calidad de vida, en una generación un cocacolizado globo terráqueo ha engrosado de jugar la lleva hacia el ensimismamiento del teléfono celular, irónicamente inteligente, donde nuestras ciudades se han transformado en cárceles de concreto y el homo Sapiens ha omitido el lustre de su esencia. Las dolencias cardiovasculares, psicopatías agudas y cánceres de todas las variedades son cada vez más comunes.

Al ritmo que la población envejece, los costos de salud y medicamentos deambulan por los cielos, un consumidor educado busca desesperadamente el escape de esa olla de presión en que se ha convertido el primer mundo hacia una tranquilidad plena que permita el goce de vidas frágiles que penden de un hilo, sobregiradas por el consumismo y apariencias.

A lo lejos aparece Panamá, aquel de la abundancia de peces y mariposas, más allá de los rascacielos citadinos y su infernal tráfico, presentando su ambiente de aire purificado por la fotosíntesis selvática, donde la prevalencia de chubascos, siendo uno de los cinco países más lluviosos del mundo, invita a explotar los nueve meses invernales como una oportunidad de olfatear los bajareques, dormitar serenamente bajo el gotear de las aguas y la sinfonía selvática de renacuajos, cigarras y aves.

El desarrollo de pueblitos mágicos que permitan la metamorfosis hacia una vida saludable abre el telón hacia la prosperidad en una modalidad de turismo regenerativo que convive armoniosamente con el medio ambiente devolviéndonos la esencia del ser y no simplemente estar.

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Para aquellos que viven en un mundo raro, que autodenominan civilizado, donde a diario se urden carnicerías en templos, escuelas y centros comerciales por la absurda prevalencia de armas, saborear una papaya o guanábana, algo tan novedoso como escaso en la existencia de muchos acostumbrados a raciones de papitas fritas, azucaradas gaseosas y grasientos Big Macs, cautivan las papilas gustativas e invitan al deleite en ese exótico ambiente que se llama Panamá.

Desde las cercanías de las veredas de las playas de Veracruz, al otro lado del puente, hasta el vasto Darién, las costas caribeñas y la serranía central, todo el istmo se presta para servir como un teatro de cambio con un colorido arcoíris de fondo para una modalidad de turismo amistoso con el medio ambiente, pleno de una variedad de actividades saludables para mover el esqueleto y saborear el verdor de sus entrañas.

Hagámosle parte primordial de un novedoso plan maestro de turismo, la escuelita selvática con floreados guayacanes, el esplendor de una naturaleza ya perdida, soñada y evocada por las grandes masas que encuentran un renacer en su respiro y un revivir en su existencia.

¡Cosas veredes Sancho!