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Opinión - 04/2/19 - 12:00 AM

Sobre la canonización política

...se elevan unos y otros caen; aunque el final resulta un tanto bondadoso, porque de caer no pasarán del suelo santo que los vio nacer; y de ascender, quedarán para lectura de unos cuantos que en nuestras naciones manosean los libros de la insigne historia nacional que se carcome sola en los museos.

Miembros de la sociedad civil panameña y diplomática, el jueves 24 de enero, luego de culminado el encuentro en la Cancillería con el papa Francisco, como parte de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en el país. Foto: Edward Santos. Epasa.

Debo iniciar estas notas adentrándome en el tema de las canonizaciones, como complicadísimos procesos que han sido instituidos por El Vaticano para la beatificación de los gentiles.

Dentro de esa intricada enunciación de los milagros, no solo participará el intercesor a quien se le atribuyen, sino también un proponente que vela por su causa y un fiscal ("el abogado del diablo") que obrará, si no en su contra, por lo menos en apego a la verdad y a la justicia, teniendo que oponerse férreamente al fanatismo generalizado que suele ser parte de estos cuadros en los que un hombre ha de elevarse hacia la santidad.

Dentro de un paralelo similar, en nuestros pueblos suele darse una especie retorcida de proceso de canonización, pero más prosaica, más vulgar, más apegada al intestino prolongado de nuestras necesidades más mundanas; es una canonización política.

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El pueblo se asimila, solo en estos términos, con la Santa Sede; los seguidores del que se pretende canonizar, en proponentes y la franca y sosegada oposición, en los fiscales objetivos de la causa mediante la cual se pretende elevar, casi a santidad, a aquellos que han servido a la nación.

Comienza así un proceso largo, en el que cada parte se apropia de su causa.

El proponente de la santidad política, busca transmitir al santo pueblo la necesidad de beatificación; el fiscal opositor, haciendo gala de la mayor objetividad posible, esgrime todo el argumento posible en contra de la canonización política.

Y en ese juego, que es rejuego al fin, se elevan unos y otros caen; aunque el final resulta un tanto bondadoso, porque de caer no pasarán del suelo santo que los vio nacer; y de ascender, quedarán para lectura de unos cuantos que en nuestras naciones manosean los libros de la insigne historia nacional que se carcome sola en los museos.

Abogado