Opinión - 01/8/2020 - 12:00 AM

Recobro de la aviación en 2024

Panamá debe aprovechar vigorosamente el impasse actual para desarrollar actividades de turismo puro pospandemia. Derrochar fondos en actividades estériles, como la recién presentada campaña de turismo doméstico, no cumplen con estas expectativas.

En el mundo posCOVID-19, lo menos que va a pensar la ciudadanía es en turismo, local o internacional. Foto: EFE.

En un lacónico comunicado este martes, la Asociación Internacional de Aviación (IATA), extendió un año más sus proyecciones de normalidad posterior a la pandemia de la COVID-19.

Esa "normalidad" será muy diferente en lo que atañe a nuestro turismo.

Escudriñando las cifras reales de visitantes internacionales, los logros de la Autoridad de Turismo en materia de promoción del istmo, como destino puramente turístico, se han visto siempre generosamente mantequilladas por el elevado número de viajeros de negocios que ingresaban a Panamá, resultado de la actividad.

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IATA, que representa 290 aerolíneas alrededor del mundo, culpa la lentitud del recobro en varios factores, entre ellos los más importantes, el declive de viajes de negocios, la falta de confianza del consumidor y la renovación de piques en casos de la COVID-19 en diversas geografías.

Durante el pico de mi carrera profesional, en 2001, logré ingresar al selecto grupo de viajeros frecuentes que acumularon un millón de millas (reales) en American Airlines. Como premiación al hito, la aerolínea me convierte en pasajero Gold de por vida, con una serie de ventajas permanentes sobre el resto de los pasajeros.

En aquella época, no tan recóndita, acostumbraba viajar tres semanas todos los meses como función normal de mis responsabilidades a lo largo y ancho del continente y en Europa.

Y así éramos muchos. El contacto presencial era clave para el éxito de las labores en multinacionales. De esa forma, el viajero de negocios nutría las cifras de ocupación de hoteles, aerolíneas, transporte vial, restaurantes y sitios de recreo. Ello era parte primordial de mis atribuciones y por ese sacrificio mi remuneración era mayor.

A partir de 2020, por fuerza mayor, el mundo corporativo se ha visto en la obligación de suspender este tipo de actividades transformando la presencia virtual en la norma.

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En adición, la incorporación de oficinas desde el hogar, que fue el patrón la mayoría de mi carrera, se ha convertido en un factor importante para el desarrollo de actividades comerciales futuras.

Las multinacionales se han adaptado exitosamente a la nueva política, por ende, a futuro habrá un descenso significativo en viajes de negocios.

Panamá debe aprovechar vigorosamente el impasse actual para desarrollar actividades de turismo puro pospandemia.

Derrochar fondos en actividades estériles, como la recién presentada campaña de turismo doméstico, no cumplen con estas expectativas.

A duras penas, el ciudadano común, bajo las crudas realidades de un brutal desempleo, del cese de actividades comerciales y del confinamiento obligatorio, puede suplir sus necesidades básicas de alimentación y vivienda.

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En el mundo posCOVID-19, lo menos que va a pensar la ciudadanía es en turismo, local o internacional.

Simplemente no goza de los fondos para ejercerle y esta será una realidad por largo tiempo, no solamente cuando surja la vacuna milagrosa que todos esperamos.

Actividades de turismo puro no son elementos prácticos de nuestras autoridades de turismo.

El Plan de Turismo Sostenible 2008-2020 yace en las telarañas del olvido turístico desde su génesis.

No existe un plan de reemplazo ni la germinación de noveles emprendimientos.

Acciones que promueven un turismo sostenible, como la reciente reforestación masiva implementada en la hermana República de Costa Rica, son inexistentes en Panamá donde insistimos en destruir nuestro Darién para el beneficio de unos cuantos bellacos que se enriquecen con la tala indiscriminada de centenarios árboles, a tal punto que, durante el gobierno anterior, se convierte en el vergonzoso rubro que más promovió las exportaciones.

Panamá necesita duplicar lo que tan exitosamente logró la Secretaría de Turismo de México, transformando su caribe durante la década de los setenta del siglo pasado, en un maravilloso renacer posterior al desarrollo de Acapulco, como imán primordial a su turismo de sol en el Pacífico. Porque las raquíticas cifras de nuestro turismo, como aquellas obscuras golondrinas Becquerianas, no volverán.

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