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Opinión - 13/2/20 - 12:00 AM

Por qué buscamos excusas para cambiar

No sigamos posponiendo, ni buscando excusas para entregar nuestra vida a Jesús, porque tenemos todo para ganar y nada que perder.

Cuando hemos sentido el llamado de Dios para cambiar, muchos de nosotros empezamos a procrastinar. Foto: AP

La procrastinación, del latín: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro, la define el diccionario de la Real Academia de la Lengua como postergación o posposición.  

En esencia es el hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes, pero agradables.

Puede ser un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad.

El término se aplica comúnmente a la ansiedad generada ante una tarea pendiente de concluir que se pospone, porque es percibida como abrumadora o estresante.

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Por supuesto, esto despierta todo un aparato psicológico de auto justificación para racionalizar la postergación a un futuro idealizado, que nunca llega.

La postergación se puede convertir en un hábito que hacemos casi de manera automática y que puede llegar afectar varios aspectos de nuestra vida incluso el ámbito familiar.

En cuántas ocasiones hacemos promesas, planificamos cosas y a la primera dificultad o incomodad decidimos que no es el momento de hacerlo que mejor será más adelante. 

Cuando hemos sentido el llamado de Dios para cambiar, muchos de nosotros empezamos a procrastinar.

Buscamos cualquier excusa que podamos racionalizar para no realizar el cambio, aunque reconocemos que es bueno y necesario hacerlo.

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Jesús tuvo que enfrentar mucha procrastinación durante su predicación. 

A continuación, presentamos un texto que nos presenta esto:

¿Con quién puedo comparar a los hombres del tiempo presente?

Son como niños sentados en la plaza, que se quejan unos de otros: ''Les tocamos la flauta y no han bailado; les cantamos canciones tristes y no han querido llorar.

Porque vino Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y dijeron: Está endemoniado.

Luego vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores.

Sin embargo, los hijos de la Sabiduría la reconocen en su manera de actuar.” Lucas 7,32-35 

En cuántas ocasiones nuestra conciencia nos ha hecho el llamado de que debemos cambiar, reflexionamos y llegamos a la conclusión de que es lo mejor.

Nos decimos a nosotros mismos “debo buscar más de Dios”; “debo ir más a la Iglesia”.

Pero ante las primeras incomodidades empezamos a racionalizar “no es necesario cambiar, Dios me ama así”, “para qué ir a la Iglesia si está llena de hipócritas”, “esto de la religión es un negocio”, “me gustaría, pero hoy día no tengo tiempo, tal vez más adelante”.

Pero el mañana nunca llega.

Nos engañamos a nosotros mismos de que tomamos la mejor decisión al posponer.

No sigamos posponiendo, ni buscando excusas para entregar nuestra vida a Jesús, porque tenemos todo para ganar y nada que perder.


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