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Opinión - 29/6/19 - 12:00 AM

Laureles en Turismo

...una industria tristemente abandonada, que tanto debe aportar al desarrollo istmeño con un timonel perfeccionado por un amor al terruño, el cantar de sus gallitos y el olor a leña y café en un nuevo amanecer.

El desarrollo del Casco Antiguo fue una iniciativa empresarial con restaurantes, hoteles, locales especializados, al igual que la rehabilitación de sitios históricos. Foto: Archivo.

Durante las primeras semanas del ocaso del verano en las aulas de la facultad de Administración de Empresas de la septentrional Universidad de Nebraska, el eternamente sonriente profesor Peters, titular de Marketing 101, eleva el tono del común denominador de la materia: "El éxito en un emprendimiento se basa en dos factores claves: El análisis del producto en la creación de una oferta maravillosa y la proyección del mismo en selectos segmentos del universo".

Algo tan básico y a la vez tan ignorado en nuestro turismo durante sus vaivenes desde que el presidente Roberto Francisco Chiari nombrara a la señorita Irma Arango Gasteazzoro como la primera directora del Instituto Panameño de Turismo en enero de 1962.

Ante todo, analicemos la primera parte de la ecuación, el producto.

¿Qué es Panamá?

A pesar de accidentados desarrollos, nunca hemos llegado a la definición del proyecto.

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Accidentados desarrollos porque, como ejemplo, la proyección del Casco Antiguo como el mayor atractivo turístico citadino posterior al canal, nunca fue tramado como producto turístico.

Se desarrolló como tal por la visión de empresarios que aportaron sus granitos de arena en la creación de restaurantes, hoteles y locales especializados, al igual que visionarios que aportaron en la rehabilitación de sitios históricos como el Teatro Nacional, el Palacio Bolívar y el conjunto de iglesias, haciendo falta aún algunas pecas para su conclusión, como la puesta en marcha del proyecto del tranvía desde la Plaza 5 de Mayo hasta el terraplén y el éxodo de oficinas gubernamentales y sus funcionarios que nada tienen que hacer allí, elevando el tráfico vehicular y usurpando espacio a un área que debiese ser plenamente turística.

No fue entonces ni lo es aún, un paquete de productos bien planificados, resultado de un análisis profundo de la oferta que bien nos distingue, pero poco hemos realizado, resultado de la ignorancia, desdeño y flojera.

Como ejemplo, el rol istmeño como polo universal durante la colonia no le resaltamos.

Las giras al cerro Pechito Parao en Darién, donde Balboa divisa el Mar del Sur en 1513, son inexistentes.

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La remodelación de la ciudadela colonial de Panamá La Vieja como un complemento al Casco Antiguo y el trazado del Camino Real desde allá hasta Portobelo, como la Ruta del Oro, donde atravesó la mayor cantidad del preciado metal en la historia, yacen en el olvido. Solamente estos dos ejemplos atraerían cientos de miles de turistas, ausentes por falta de un timonel serio, visionario y emprendedor.

Vamos a la segunda parte, la proyección en selectos mercados.

Y esto va mucho más allá del cacareado fondo de turismo, que es la esencia de la publicidad.

Trata de un constante quijoteo en mercados claves, tradicionalmente Norteamérica, añadiendo la sal y pimienta europea y de recién enfoque, Oriente. Panamá exige una presencia permanente y agitada en estas latitudes.

Conferencias, presentaciones, literatura plurilingüe complementada con un análisis de resultados palpables.

No vamos a ir a bailar tamboritos sin los premios complementarios en ocupación hotelera.

Todo esto nos lleva a la selección del novel benjamín, Iván Eskildsen Alfaro a la cabeza del Ministerio de Turismo. Educado en finanzas en el Commonwealth de Massachusetts, goza de un impecable dominio de la lengua de Shakespeare, distinguido por un iluminado arcoíris al desplegar en el corazón de provincias un proyectazo harto visionario, Cubitá, en Chitré, la ciudad que, como resultado, ya no crece sola.

Se trata de una argamasa inmobiliaria, hotelera y comercial que traslada obligatoriamente al supermercado Riba Smith como alternativa al chinito hererrano, cincelándole con el complementario Cubitá Tours, que rasca el cerebro y crea la Ruta del Ron, juntas de embarra y avistamiento de ballenas como algunos elementos básicos en la venta de destino, hasta ese momento, inexistentes. Brindemos nuestro entusiasta apoyo a un turismo, que, a todas luces, nos parece repicará con bríos en una industria tristemente abandonada, que tanto debe aportar al desarrollo istmeño con un timonel perfeccionado por un amor al terruño, el cantar de sus gallitos y el olor a leña y café en un nuevo amanecer.

Líder empresarial.