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Opinión - 19/12/18 - 12:00 AM

Las nuevas campanas de la catedral

Sus sonoros toques y repiques, como transmisores y comunicadores de la liturgia, no solo avisarán las "horas canónicas", sino que con su sonido también darán lustre a fiestas y celebraciones festejadas en nuestra catedral o llorarán a los difuntos de nuestra comunidad velados allí.

Estas campanas, a pesar de ser nuevas, son "voces del tiempo" que forman parte de una cultura milenaria del sonido.

Con la llegada de las ocho nuevas campanas destinadas al "coro armónico" que forman las dos torres-campanarios de nuestra recién restaurada catedral metropolitana se llenará un vacío dejado por la ausencia de estos instrumentos musicales comunitarios, carencia de muchos años causada por nuestra propia desidia ciudadana y por la negligencia arquidiocesana y estatal panameña.

Estas nuevas fueron confeccionadas por la fábrica española Campanas Quintana S.A., gracias a la generosidad de donantes que serán recordados cada vez que su tañer llamen al cielo, haciendo "eco de la voz de Dios".

Sus sonoros toques y repiques, como transmisores y comunicadores de la liturgia, no solo avisarán las "horas canónicas", sino que con su sonido también darán lustre a fiestas y celebraciones festejadas en nuestra catedral o llorarán a los difuntos de nuestra comunidad velados allí.

Pero ese lenguaje de las campanas nunca dice lo que dice de la misma manera porque cada campanero, al doblarlas o repicar su badajo a golpe de cuerdas, les da a estas un sonido personalísimo, con una fuerza espiritual y acústica muy individual.

Estas campanas, a pesar de ser nuevas, son "voces del tiempo" que forman parte de una cultura milenaria del sonido. En el cristianismo su uso se remonta a principios del siglo V, a la región italiana de Campania (por eso su nombre), pero sus orígenes se encuentran en China hace más de 4,000 años, también conocidas en tiempos bíblicos en Mesopotamia y Egipto, ampliamente utilizadas en todas las civilizaciones y religiones mundiales como el budismo, sintoísmo, hinduismo, judaísmo, etcétera.

El conjunto de las ocho nuevas campanas catedralicias dedicadas a santa María la Antigua, papa Francisco, san José, Jornada Mundial de la Juventud, san Judas Tadeo, san Miguel Arcángel, san Martín de Porres y santa Teresa de Calcuta como herederas de ese rigorismo histórico, ahora forman parte de nuestro patrimonio sonoro cultural y deben declararse bien mueble de interés cultural nacional para su debida protección y conservación.

Esto incluye su instalación correcta en esos "dos faros de la fe" que son las torres-campanario; la adecuación de su timbre para que sea coherente y bien afinado entre sí; su armonización musical por expertos al existir ocho campanas; el entrenamiento de campaneros tradicionales (un oficio perdido) para que las toquen manualmente; pero más que todo educar a las nuevas generaciones para que aprecien este patrimonio campanero y lo vean como parte de su identidad cultural.

Podemos lograrlo organizando visitas didácticas a los campanarios para renovar ese vínculo de la comunidad con el lenguaje de las campanas, tan descontextualizado actualmente como medio de comunicación comunitario.

Cuidar esta tradición campanera, por voluntad social, nos incumbe a todos no por nostalgia, sino para enriquecernos culturalmente.