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Opinión - 02/2/19 - 12:00 AM

La regla de oro

Ponerme en el lugar del otro, practicar la empatía, comprender su situación, me permitiría actuar de una manera más justa y humana. Todo está ligado, todo tiene relación, y cada cosa que hagamos repercute en otros y en uno mismo.

La regla de oro es una aplicación práctica de vivir en el amor. Foto: EFE.

Jesús nos manda que no hagamos a otros lo que no queremos nos hagan a nosotros.

Y así conecta con una norma universal, que aparece en religiones y culturas muy antiguas y diversas.

Y esto tiene que ver con la regla más grande: Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo;

Sí, amar siempre a amigos y enemigos, a gente buena y mala, a cercanos y lejanos.

 ¿Y por qué hacer a otros lo que queremos nos hagan?

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Porque allí encontramos un camino seguro de no hacer daño a nadie.

Si yo reflexiono antes de hacer algo y me pregunto: "¿esto que voy a hacer me gustaría me lo hicieran a mí?", frenaría un montón de injusticias, abusos, ofensas, groserías, que uno podría cometer.

Ponerme en el lugar del otro, practicar la empatía, comprender su situación, me permitiría actuar de una manera más justa y humana. 

Y lo curioso es que como nacimos para amar y ser amados, cada cosa que yo hago buena por otros me hace sentirme mejor, y cada cosa que hago negativa por otros, me hace sentirme mal.

Es ley universal.

Parecería que la felicidad en parte depende de la aplicación de la regla de oro.

En verdad somos parte de un cuerpo viviente que es la humanidad y el universo.

Todo está ligado, todo tiene relación, y cada cosa que hagamos repercute en otros y en uno mismo.

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Para bien o para mal.

Todo se me devuelve.

Somos parte de un todo, donde estamos relacionados de manera profunda, al extremo de que cosas que ocurran a miles de kilómetros pueden afectarnos, tales como la oración que hacen por nosotros, las bendiciones que nos mandan, así como los actos de odio y los deseos negativos.

Todo se irradia, todo se contagia, todo tiene un canal de comunicación.

Somos seres espirituales encarnados, somos energía materializada, somos algo más que un cuerpo.

El concepto alma tiene una profundidad muy grande; sea que lo miremos con los ojos de la fe o de la ciencia, se da la coincidencia de que se habla de algo más que materia, invisible, real, vivo, que irradia, contiene vida, se extiende, se comunica.

Y como la felicidad depende del amor, y Dios es amor pleno, infinito, eterno, estar con él es vivir en el amor.

Mientras más esté en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, más amaré y más estaré contento, alegre.

Porque el amor te da plenitud, te realiza, te hace sentirte bien.

Y por eso la regla de oro es una aplicación práctica de vivir en el amor.

Y quien vive en el amor, en Dios está, y con él es invencible.

Monseñor