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Opinión - 14/8/19 - 12:00 AM

De regreso al pasado

Bienvenidos los que quieran participar en este homenaje que se aparta de la repetición de hechos históricos acontecidos hace quinientos años, pero que alude a realidades que son parte importante y memorable del pasado de nuestra gran ciudad de Panamá.

La capital que transitábamos cuando hacíamos los mandados de la familia o íbamos de compra con nuestros papás, hoy solo vive en el recuerdo: librerías, almacenes, hospitales, farmacias, mercados, parques, monumentos, personajes icónicos, rutas de transporte con sus buses y chivas, iglesias, edificios públicos y privados. Foto: Archivo.

En los días que preceden la celebración de los 500 años de la fundación de la ciudad de Panamá, no puedo menos que aceptar con nostalgia que todo cambió.

Es un axioma que la vida de los hombres y los pueblos da la vuelta, se transforma, para nunca repetirse.

Lo que fue, ya no será.

La ciudad, que luego se ubicó en el Casco Viejo y sus arrabales, no es la de hoy ni tampoco la que yo conocí, la de antaño: limpia, alegre, confiada, respetuosa, segura y pacífica: la de las décadas del 40 y 50; la pequeña urbe que recorríamos en poco tiempo cuando íbamos o volvíamos de las aulas, cargados de deberes después de un arduo día de doble jornada escolar.

La capital que transitábamos cuando hacíamos los mandados de la familia o íbamos de compra con nuestros papás, hoy solo vive en el recuerdo: librerías, almacenes, hospitales, farmacias,  mercados, parques, monumentos, personajes icónicos, rutas de transporte con sus buses y chivas, iglesias, edificios públicos y privados, playas, lugares de diversión (cines que entonces se denominaban teatros con sus noches de banco o de bingo), cabarets, bares, restaurantes, la fábrica de gas que con un enorme tanque situado en El Chorrillo,  producía el gas que abastecía las cocinas de las residencias de algunos, porque los demás usaban fogones de carbón construidos con latas de querosín que hoy son desconocidos por la masa de habitantes.

Frente a esta triste realidad, afligido, apesarado, decidí volver al pasado, seguro de que tendría cómplices en esta aventura, tendiente a  evitar la indiferencia indolente de muchos coterráneos por saber cómo era la vida entonces en nuestra floreciente ciudad.

Muy serio, reté a la memoria exigiéndole que, a través de un recorrido imaginario, me ayudara a identificar las calles y avenidas que por alguna razón, el habitante común podía reconocer sin dificultad.

Le impuse la obligación ineludible de ubicar con exactitud, algunos de los lugares más significativos del día a día de los capitalinos.

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Espacios donde se escenificaron acontecimientos que constituyeron el pasado valioso de la ciudad que pretendo rescatar.

En efecto, y con muy poco esfuerzo, coloqué en el sitio que le correspondía a las librerías Ferguson, Preciado, Casa Zaldo y otros almacenes que fueron muy famosos como la Quinta Avenida, Chambonett, El Bazar Francés, el de Pacífico Adames, El Corte Inglés, la Villa de Caracas, Zapatería La Aurora, la Casa Japonesa y El Morro de Arica. 

También di mi vuelta por el Hospital Panamá y el nunca bien ponderado Hospital Santo Tomás, el edificio de la Fuerza y Luz y el Banco Nacional.

Cansado de mi ficticia caminata, abordé un bus de la ruta Arosemena Brid, cuyo recorrido imaginario me llevó hasta Santa Ana, para buscar inmediatamente el monumento  a Amelia Denis de Icaza y recitar frente a  él Qué se hizo tu chorrillo, tu corriente al pisarla un extraño, se secó.

Emocionado,  ingresé a la Iglesia de Santa Ana para admirar sus imágenes muy diferentes de las de hoy.

Fortalecido  y urgido por el hambre espiritual, decidí visitar la iglesia de La Merced, para luego pasar por la de San José, lo cual realicé no sin antes detenerme en la Plaza de Herrera y admirar la única estatua ecuestre del General Tomás Herreraescuchar la bullaranga de  los habitantes de la Boyacá.

La iglesia de San Francisco de Asís no se escapó. 

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Desde una de sus aceras crucé al Teatro Nacional.

Allí  se encontraba reunida la Asamblea de Diputados de la República en sesión permanente; hombres y mujeres intachables.

La verdad es que peroraban con lucidez sobre las leyes que debían aprobar o rechazar.

Con esmero, dedicación inteligente y ahínco, llevaban adelante la tarea para la cual los había elegido el pueblo.

Era un grupo pequeño, pero solícito y eficiente, sin megalomanía ni endiosamiento.

Como se me hizo tarde, suspendí mi paseo para reiniciarlo al día siguiente cuando visité el Hotel Central, la Presidencia de la República y la iglesia Catedral.

Me aposté en una de sus esquinas, desde donde miré con detenimiento el Palacio Municipal, el edificio donde funcionaban el Correo Nacional y las oficinas del Telégrafo.

En ese momento, decidí dar una vuelta por los edificios donde se ubicaban las escuelas más prestigiosas de la ciudad: el Instituto Nacional, el Liceo de Señoritas, el Artes y Oficios, la Escuela Profesional Isabel Herrera Obaldía. la Santa Familia, el  Colegio Internacional de María Inmaculada, el Instituto Panamericano al que muchos denominaban la Metodista, el Hospicio Don Bosco  y desde luego, El Colegio La Salle.

Entonces, fue cuando me sentí más entusiasmado y para no caminar, nuevamente, abordé otro autobús de la ruta de los Arosemena Brid.

Descendí en la parada de Avenida B frente a la estación del Ferrocarril.

Me detuve un largo rato para conversar con el inolvidable José Graham (q.e.p.d.), amigo irrepetible, el más apreciado limpiabotas de la capital.

Era una  persona con capacidades especiales, aficionado al trabajo, incansable, gran conversador y sabedor de todo lo que estaba pasando en la capital.

Hablamos sobre las casas de vecindad que hicieron historia: la casa Miller, el Vaticano, la Boyacá, la Casa de Piedra en el Chorrillo, las Rentas, casas de alquiler pertenecientes al Seguro Social.

Recordamos con humor y picardía los cabarets Tierra Feliz y el Ritz que me parece que así se llamaba la competencia del primero y, por supuesto, la cantina Doc Place con su traganiquel a altos decibeles que alegraba a sus parroquianos, la mayoría gringos residentes en las bases militares, con el inolvidable barrilito, barrilito, barrilito cervecero, barrigón y parrandero, barrilito, barrilito.

Ese día feliz, desfilaron frente a nosotros Lole, el orate más conocido en la comunidad, empujaba su carretilla repleta de carbón; los vendedores de helado y raspao también pasaron por ahí, además de Pelúa y Chaflán, pero de este grupo, el que nos estremeció y nos hizo volver a la realidad fue Manuel Celestino González con su grito combativo Orden y disciplina y un discurso político encendido que muchos de los que ahora se creen oradores deberían revisar.

En esta regresión, que pretende despertar la sabiduría dormida, el recuerdo de los adultos mayores, bien mayores como yo, los ochentones, hacen falta detalles que se pueden añadir para redondearla.

Bienvenidos los que quieran participar en este homenaje que se aparta de la repetición de hechos históricos acontecidos hace quinientos años, pero que alude a realidades que son parte importante y memorable del pasado de nuestra gran ciudad de Panamá.