Opinión - 24/5/04 - 11:00 PM

César "Tuti" Guillén: Hombre centenario para el nuevo milenio

Cada quien, en su vida, es dueño de su destino. En el caso de mi padre, César Augusto Guillén Marcucci, próximo a cumplir sus cien años de existencia, ese destino personal explica su singular vivencia, más allá de su carácter y personalidad.
Nació el 25 de mayo de 1904 en la más antigua de las poblaciones chiricanas, Nuestra Señora de los Remedios, a pocos meses de haberse fundado nuestra República. Es un hombre, pues, plenamente identificado con el siglo XX y con los primeros cien años de nuestra era republicana.
Esta circunstancia, accidente del tiempo y de la geografía, lo hizo asimilar al espíritu de su siglo de modo tan marcado que pudo combinar ese hecho con su fuerza de voluntad, con la fuerza de sus convicciones y con su inteligencia innata para forjar su vida con éxito, dedicando casi 50 años de ella al servicio de su país como Diputado Nacional, Ministro de Estado y diplomático.
Quisiera, pues, con motivo de su centenario de vida y con la serenidad del pasado por él vivido, destacar algunas de sus acciones políticas como fieles reflejos de sus firmes creencias liberales y también como parte esencial de sus otras acciones nacidas de su voluntad, representativas todas estas de sus valores y principios.
El liberalismo panameño, con su caciquismo y caudillismo tradicional, se había fraccionado ya alrededor de varios jefes políticos cuando por primera vez, en los comicios de 7 de junio de 1936, gana un escaño como Diputado por la provincia de Chiriquí en la Asamblea Nacional como militante del Partido Liberal Doctrinario, en esa época bajo el mando de Don Domingo Díaz Arosemena.
Mi padre ha sido un Liberal por convicción toda su vida, en el sentido propio de su personalidad como hombre libre, independiente, dotado de individualidad y sinceridad, y sobre todo por estar profundamente comprometido con los derechos básicos humanos de libertad e igualdad. Jamás se unió a un líder político tan sólo porque pudiera convocar mayor cantidad de votos en las elecciones que sus rivales para aprovecharse de esa coyuntura personalmente.
La consecuencia política de sus creencias liberales lo han hecho firme creyente en la igualdad política y social humana, donde diferencias entre personas o grupos sociales no presuponen una desigualdad congénita insuperable que marginen a los más humildes. Su liberalismo, pues, lo moldeó en un defensor incansable de los pobres y de los derechos de la mujer, inspirado sin duda en el concepto de que el alma no tiene sexo.
Por eso, nunca se convirtió en un simple lazo que unía a los poderosos de arriba con los impotentes de abajo. Su espíritu crítico, especialmente al enfrentarse a los intereses de los dueños del poder, fue fundamental en todas sus actuaciones parlamentarias y mereció la acotación de "ejemplar actitud" por don Enrique Geenzier y de "digno representante de nuestra ideología" por el Dr. Ricardo J. Alfaro.
Su papel social y político así lo demuestra, por ejemplo, al negarse a ratificar el Tratado Arias-Roosevelt de 1936 por considerarlo lesivo a los intereses nacionales o en menor grado presidiendo el Comité Pro-construcción de parques infantiles del Municipio de Panamá, o como padrino de la Ley que creó el Día del Padre, o en sus múltiples actuaciones como Presidente de la Asamblea Nacional o Ministro de Estado o diplomático al servicio de la nación, destino este que supo cumplir cabalmente.
En la medida, pues, que las convicciones liberales de mi padre, ideología nacida a mediados del siglo diecinueve en Colombia, tienen vigencia en pleno siglo veintiuno porque hoy más que nunca se necesitan defender las libertades individuales para garantizar el cumplimiento de los derechos humanos, podemos considerar a Don César Augusto Guillén Marcucci, con toda justificación, como un hombre centenario para el nuevo milenio.
En Suecia, que es a menudo citada como ejemplo, en los cincuenta años de 1860 a 1910, cuando era todavía subdesarrollada, los salarios aumentaron en 170%, más rápido que en períodos subsiguientes, mientras su gasto fiscal era menos de 6% del Producto Interno Bruto (PIB).
En 1950 alcanzaron el cuarto lugar en ingresos personales. Pero cuando aumentaron los impuestos, bajo la social democracia, su tasa de crecimiento bajó a 2% anual, devaluaron cinco veces y el sector privado no creo ni un solo empleo nuevo en 50 años.
En cuanto a ingresos personales, hoy ocupan el puesto 17º. Así es que, por favor, no nos pongan a Suecia como ejemplo. Esos países ricos, con laudable voluntad, desean ayudar a los países pobres.
Sin embargo, confunden causa con efecto porque en las escuelas y universidades les enseñaron que lograron hacerse ricos gracias al gobierno y no a pesar de éste, ortodoxia que hoy prevalece y tanto daño hace.