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nytimesinternationalweekly - 06/12/19 - 06:00 AM

Están muriendo los niños de Venezuela

El país podría estar ahora en proceso de sumirse en un colapso y hambrunas masivas, al tiempo que se fragmenta en el control local de diversos grupos armados. Los brotes de malaria, difteria y sarampión se propagan y la mortalidad infantil parece haber aumentado al doble desde el 2008.

Daniela Serrano perdió por desnutrición a su hija de 8 meses este año, tras ser rechazada por tres hospitales. Foto/ Fabiola Ferrero.
  • Nicholas Kristof

CARACAS, Venezuela — Venezuela es una cleptocracia gobernada de manera incompetente por rufianes que convierten a una próspera nación exportadora de petróleo en un Estado fallido que se encamina a la hambruna.

Así que una joven mamá llamada Daniela Serrano llora por Daisha, su bebé —y no puedo evitar preguntarme si las sanciones económicas estadounidenses también cargan con parte de la responsabilidad.

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Serrano, de 21 años, viven en la empobrecida y violenta barriada de La Dolorita. En mayo la bebé se estaba debilitando a causa de la desnutrición, así que Serrano desesperadamente buscó ayuda médica —pero tres hospitales rechazaron a la bebé, diciendo que no tenían camas disponibles, ni doctores ni suministros. Una sala de urgencias por fin encontró a alguien que revisara a la niña de 8 meses —con la condición de que Serrano proporcionara una hoja de papel en blanco, porque el hospital no tenía papel para registrar apuntes. Entonces dieron de alta a Daisha, quien murió en casa esa noche.

Me di cuenta de que estaba fría y no respiraba, me dijo Serrano. Solté un grito. Un vecino servicial llamó a emergencias, pero pasaron 11 horas antes de que aparecieran los primeros auxilios. Se llevaron el cadáver de Daisha.

La pregunta difícil para los estadounidenses: ¿acaso las sanciones, cuyo objetivo es socavar al régimen, de hecho hacen que sea más probable que mueran bebés como Daisha?

El brutal Gobierno socialista del presidente Nicolás Maduro es principalmente responsable del sufrimiento, y hay medidas que Maduro podría tomar para salvar las vidas de niños, si quisiera. Pero hay evidencia de que las sanciones impuestas por el expresidente Barack Obama y el presidente Donald J. Trump se suman al deterioro de la economía y al tormento de venezolanos comunes y corrientes.

Venezuela podría estar ahora en proceso de sumirse en un colapso y hambrunas masivas, al tiempo que se fragmenta en el control local de diversos grupos armados. Los brotes de malaria, difteria y sarampión se propagan y la mortalidad infantil parece haber aumentado al doble desde el 2008.

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La respuesta de Maduro es inadmisible. Compra la lealtad de funcionarios militares con dinero o recursos que podrían destinarse para medicinas, se niega a aceptar cierta ayuda del extranjero y prohíbe la entrada a organizaciones humanitarias internacionales importantes. Lo mejor para el pueblo venezolano sería un nuevo Gobierno. Pero las sanciones no han logrado sacar a Maduro del poder, y en lugar de eso causa angustia a los venezolanos vulnerables.

Incluso en la capital, Caracas, la parte más próspera del país, el sufrimiento es incalculable. Elsys Silgado, de 21 años, tiene dos hijos pequeños. En octubre, ambos estuvieron cerca de la muerte: Alaska, de 5 años, por desnutrición severa (pesaba 12 kilos) y Jeiko, de 3, por una infección grave y fiebre persistente.

Silgado y sus hijos fueron rechazados por cuatro hospitales por falta de camas disponibles. A mí no se me permitió visitar hospitales públicos, que son estrictamente controlados por pandillas armadas hostiles a la investigación periodística. Silgado describió salas de urgencias inmundas sin electricidad o agua corriente.

Alaska y Jeiko a la larga se recuperaron, pero a Silgado todavía le preocupa que pueda perder a Alaska por desnutrición. Tengo miedo de que muera, me dijo Silgado. Porque ahora sé que no puedo llevarla a un hospital. No tienen nada.

Me senté a charlar con Juan Guaidó, el líder de la Oposición. Guaidó, cuyo esfuerzo para deponer a Maduro ha perdido impulso, expresó confianza en que, en algún momento, los venezolanos lograrían derrocar a la dictadura. Al presionarlo sobre el tema, reconoció la posibilidad de que las sanciones tal vez empeoran la crisis humanitaria.

Es un dilema, para Venezuela y para el mundo, dijo, pero de cualquier modo favorece las sanciones como una fuente más de apalancamiento para destituir a Maduro. Necesitamos usar todas las herramientas de presión que tengamos.

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Tal vez está en lo correcto. Pero mi mente no deja de regresar a los habitantes de la barriada que conocí. Por consejo de mi guía, me había quitado el reloj y la argolla matrimonial antes de entrar a las barriadas, por temor a un atraco. Entonces, una familia verdaderamente hambrienta me guió por escaleras destartaladas hacia un departamento dilapidado y abarrotado, y una persona se apresuró a comprar bebidas y papas fritas para ofrecerme como invitado de honor. Me sentí terrible.

Gente como esa de por sí sufre por la indiferencia de Maduro, y podría avecinarse un cataclismo. Así que busquemos formas nuevas de presionar a la cleptocracia sin aumentar el sufrimiento de venezolanos comunes y corrientes. Tal vez un programa de petróleo a cambio de alimentos podría ayudar, junto con mayores esfuerzos para obligar a Maduro a permitir más ayuda humanitaria. Al tiempo que Venezuela se precipita hacia una catástrofe humanitaria, Estados Unidos debería replantear su estrategia.

Nicholas Kristof es columnista de The New York Times desde el 2001. Ha ganado dos Premios Pulitzer, por su cobertura de China y el genocidio en Darfur.