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Mundo de Negocios - 09/12/19 - 12:00 AM

La desigualdad podría ser menor de lo que crees

En el Reino Unido, la proporción de ingresos del uno por ciento más adinerado no es más elevada de lo que era a mediados de la década de los noventa, tras los ajustes por impuestos y apoyos del gobierno.

  • The Economist

Incluso en un mundo de polarización, noticias falsas y redes sociales, algunas creencias siguen siendo universales y centrales para la política de la actualidad. Ninguna tiene más influencia que la noción de que la desigualdad ha aumentado en los países más adinerados.

La gente lee al respecto en los periódicos, lo escuchan de boca de los políticos y lo sienten en su vida diaria. Esta creencia motiva a los populistas, que dicen que las élites metropolitanas egoístas han cerrado las puertas de la oportunidad para la gente común.

Ha ayudado a la izquierda, que propone maneras cada vez más radicales para redistribuir la riqueza, y ha alarmado a los empresarios, muchos de los cuales ahora aseguran que tienen un objetivo social superior para que no los vean como partidarios de un modelo de capitalismo que todos saben que ha fracasado.

Sin embargo, precisamente debido a que la idea de la desigualdad creciente se ha convertido en una creencia aceptada de manera casi universal, no se escudriña lo suficiente.

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Ese es un error, porque los cuatro pilares empíricos que sostienen ese templo de razonamiento —los cuales no están relacionados con la vivienda ni la geografía, sino con los ingresos y la riqueza— no son tan firmes como se piensa. Hay nuevas investigaciones que están sacudiendo estos cuatro pilares.

Primero, consideremos la afirmación de que el uno por ciento más adinerado de quienes perciben ingresos se ha distanciado de todos los demás en las últimas décadas, una idea que se popularizó con el movimiento "Occupy Wall Street" en 2011. La certeza de esta afirmación siempre fue difícil de probar fuera de Estados Unidos.

En el Reino Unido, la proporción de ingresos del uno por ciento más adinerado no es más elevada de lo que era a mediados de la década de los noventa, tras los ajustes por impuestos y apoyos del gobierno.

Incluso en Estados Unidos, los datos oficiales sugieren que la misma medida aumentó hasta el año 2000 y desde entonces ha sido volátil dentro de una tendencia plana.

Es fácil olvidar que en décadas recientes Estados Unidos ha instaurado varias políticas que han reducido la desigualdad, como la expansión de Medicaid, el seguro de salud para los pobres financiado por el Gobierno, en 2014.

Ahora, algunos economistas han vuelto a hacer cuentas y llegado a la conclusión de que la proporción de los ingresos del uno por ciento más adinerado en Estados Unidos quizá haya cambiado muy poco desde una fecha tan lejana como 1960.

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Arguyen que los investigadores anteriormente analizaron mal los datos de las declaraciones de impuestos, que son la base para los cálculos de desigualdad.

También es posible que los resultados previos no hayan contabilizado el descenso en las tasas de matrimonio entre los pobres, lo que divide los ingresos entre más hogares, pero no entre más personas.

Además, la porción de las ganancias corporativas que reciben las personas de clase media tal vez sea más grande de lo que se pensaba, ya que tienen acciones gracias a los fondos de pensión.

En 1960, las cuentas de jubilación poseían solo un 4 por ciento de las acciones estadounidenses, pero para 2015 esa cifra ya era del 50 por ciento.

El segundo pilar tambaleante es la afirmación relacionada de que los ingresos familiares y los salarios se han estancado a largo plazo. Los cálculos ajustados a la inflación del crecimiento del ingreso medio en Estados Unidos entre los años 1979 y 2014 varían entre una caída del 8 por ciento y un incremento del 51 por ciento, y los partidistas tienden a elegir una cifra que cuente la historia que les conviene.

Esta enorme variación refleja diferencias en la manera de tratar la inflación, los apoyos del Gobierno y la definición de familia, pero las cifras más bajas son difíciles de creer.

Si argumentamos que los ingresos se han reducido, también tendríamos que afirmar que cuatro décadas de innovación en bienes y servicios, desde los teléfonos celulares y la emisión en continuo hasta las estatinas que reducen el colesterol, no han mejorado las vidas de los asalariados con ingresos medios. Eso simplemente no es creíble.

El tercero es la noción de que el capital ha vencido a la fuerza laboral porque las empresas despiadadas, propiedad de los ricos, han explotado a sus trabajadores, sacado empleos del país y automatizado las fábricas.

La afirmación de que la desigualdad es impulsada por los ricos que acumulan capital fue la tesis central del libro de Thomas Piketty, "Capital in the Twenty-First Century" (2014), que lo convirtió en el primer economista superestrella desde Milton Friedman, quien llenaba auditorios contra todo pronóstico en la década de los ochenta.

No todas las teorías de Piketty fueron aceptadas por los economistas, pero en general asumimos que una proporción cada vez menor del producto interno bruto de los países adinerados llega a los trabajadores y una cada vez mayor a los inversionistas. Tras una década de cotizaciones bursátiles muy elevadas, esto ha resonado en la sociedad.

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No obstante, algunas investigaciones recientes sugieren que el revés en la fortuna de la fuerza laboral en la mayoría de los países ricos puede atribuirse a las ganancias exorbitantes de los propietarios de viviendas, no de los magnates. Si restamos las cifras de la vivienda y los ingresos de los trabajadores independientes, que son difíciles de dividir entre el ingreso laboral y el de capital, en la mayoría de los países la proporción de los ingresos de la fuerza laboral no ha disminuido. Desde 2000, Estados Unidos es una excepción, pero eso refleja una falla en la regulación, no un defecto fundamental del capitalismo.

Las autoridades antimonopolios y los tribunales en Estados Unidos han sido laxos a un grado imperdonable, pues han permitido que haya una concentración excesiva en ciertas industrias. Esto ha facilitado que algunas empresas estafen a sus clientes y generen ganancias anormalmente altas.

El último pilar es que las desigualdades de riqueza —los activos que la gente posee, menos sus pasivos— han ido en aumento. Nuevamente, esto siempre ha sido más difícil de probar en Europa que en Estados Unidos. En Dinamarca, uno de los pocos países que tienen datos detallados, la proporción de riqueza del uno por ciento más adinerado no ha aumentado en tres décadas. Por el contrario, pocos niegan que los estadounidenses más ricos hayan aventajado en gran medida al resto. Sin embargo, incluso en esa nación, la riqueza es diabólicamente difícil de calcular.


c.2019 The New York Times