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Blogs - 17/1/18 - 10:45 AM

¿El delincuente nace o se hace?

En los barrios populares no solo se necesita la labor represiva de la Policía. Necesitamos ejércitos de funcionarios de instituciones con vocación social, para cortar el círculo vicioso de la delincuencia.

Arnulfo Barroso Watson. [email protected]

Las familias de los barrios populares son una fábrica de maleantes, exclamó con firmeza en televisión un exrepresentante de corregimiento, cuando uno de sus familiares fue víctima de la delincuencia. La frase lleva días dando vueltas en mi cabeza. Revive en mi mente acalorados debates universitarios: ¿El delincuente nace o se hace?

No deja de preocuparme porque los líderes comunitarios pertenecen al muro de contención primario que debe tratar de evitar que a nuestras calles ingresen nuevos delincuentes. Percibí en él frustración, impotencia y abandono de la lucha, justo lo que buscan los grupos criminales que reclutan a nuestros niños y jóvenes para usarlos como carne de cañón.

Pero antes de continuar con el tema, quiero explicar por qué elegí el nombre de este blog. Argumentum Ad Iuditium es un término jurídico y filosófico que significa Argumento justo. Eso es lo que trataremos de esbozar desde esta tribuna pública, abierta a todo tipo de aportes.

Aunque hay casos que refuerzan lo que afirmó el exrepresentante, me resisto a aceptar que los barrios se hayan convertido en una fábrica de maleantes. Tengo amigos que, como yo, crecimos en el barrio, con muchas carencias, y que hoy son profesionales de alto nivel. Aunque debo reconocer que hay otros que cayeron y permanecen inmersos en la droga y el crimen.

Todos vivíamos a metros de distancia, acudimos a colegios públicos, jugábamos en los mismos parques, nos parábamos en la misma esquina y tuvimos las mismas oportunidades, la clave fue el proyecto de vida que cada uno se trazó, guiado por la formación familiar y las ganas de superarse.

Criminólogos, sociólogos, psiquiatras y otros investigadores sociales han dedicado largos años a tratar de descifrar qué promueve el comportamiento antisocial. ¿Qué hay dentro de la psiquis de las personas que eligen el oscuro camino del crimen?

La delincuencia en Panamá ha evolucionado y amenaza con convertirse en un Leviatán, el personaje bíblico representado por un demonio marino. El crimen organizado es un problema mundial de gran magnitud y con recursos infinitos, capaz de corromper a gobiernos enteros, apropiarse de vastos territorios que manejan sin Dios ni Ley y a hipotecar el futuro de la juventud.

Es una lucha desigual. Por un lado, el Estado, con todas sus limitaciones, y por el otro, una actividad extraordinariamente lucrativa que no conoce patrones de conducta ética y que muestra a diario un desprecio absoluto por la vida humana.

Y si bien la delincuencia es un fenómeno social, un espejo del comportamiento individual y colectivo, que evoluciona constantemente, existe un antídoto para combatirla: la unidad familiar, los buenos ejemplos, la atención a los hijos y la vida ordenada en comunidad.

Lo dicen los estudiosos de la materia, el crimen es alimentado por familias disfuncionales, pobreza extrema, carencia de las figuras paterna o materna, alcoholismo, drogadicción, falta de atención hacia los menores, problemas de identidad personal, malos ejemplos, enfermedades mentales y abusos físicos y psicológicos.

El mejor antídoto para combatir estos males son el amor de los padres hacia sus hijos, la atención, la protección que se brinda, sobre todo, en los primeros años del menor, los valores cívicos y la convivencia respetuosa entre vecinos.

Contra esto no habrá malas influencias que valgan, la pandilla no reemplazará a la familia, los niños no verán a los delincuentes del barrio como héroes, las carencias no serán excusas para declararle la guerra a la sociedad, no imperará la ley del más fuerte y el ocio no se transformará en actos delictivos.

Sin embargo, tengo que admitir que el exrepresentante tiene algo de razón en su afirmación de que hay familias que son fábricas de delincuentes. Conozco grupos familiares enteros que han producido tres generaciones de maleantes, inmersos en un círculo vicioso del que el Estado no se ha ocupado de sacarlos.

En una ocasión un criminólogo me mostró un organigrama de las pandillas en Panamá, en el cual incluyó a abuelos, padres y tíos. Aquellos que salen en defensa de sus parientes delincuentes cuando la Policía los va a capturar. Manejan los códigos Penal y de la Familia mejor que cualquier abogado, y de esta forma se vuelven colaboradores activos del crimen.

Es una batalla difícil que debe librarse en el campo de la prevención, más que en el de la represión, con todas las limitaciones del Estado y frente a las carencias y miserias sociales que abundan en nuestros barrios. En ellos conviven familias buenas y decentes con otras que han sido contaminadas por la delincuencia, en una lucha constante entre el bien y el mal.

No basta con que la Fuerza de Tarea Conjunta y el Grupo Águila entren a los barrios a hacer unas cuantas capturas. Detrás de ellos debe ir, un ejército, sí, pero de funcionarios de instituciones con vocación social para cortar el círculo vicioso de la delincuencia, como se hace en Brasil.

En las favelas, el Ejército y la Policía entran a la fuerza, sí. Sin embargo, esa es la primera parte del trabajo. La otra, la más importante, la realizan durante años instituciones sociales que permanecen en el lugar para hacer su trabajo y cerrarle el paso al retorno de la delincuencia.

Lo que no podemos permitir es que en Panamá perdamos la sensibilidad hacia el dolor y el sufrimiento ajeno. Un periodista de investigación de México, torturado casi hasta la muerte por los carteles de la droga, me dijo hace unos años: El día que en Panamá empiecen a aparecer personas decapitadas o desmembradas en las calles y nadie se indigne por eso, ese día empezarán a perder su país.

A eso yo le sumaría: El día que una autoridad o un líder comunitario abandone la lucha contra la delincuencia y diga que las familias de los barrios populares son una fábrica de delincuentes, entonces empezaremos a perder Panamá. De los barrios todos los días sale gente buena que lucha honestamente para sacar adelante a los suyos. Jamás los dejemos solos, Estado y la sociedad tienen el deber de evitar que sean presa de las familias generadoras de maleantes. ¡Los buenos seguimos siendo más!